Coparticipes de la obra de Dios.

«Los que están a lo largo del camino son los que han escuchado la palabra, pero después viene el diablo y la arranca de su corazón, pues no quiere que crean y se salven.» (Lc 8,12)

En estos tiempos de pandemia muchos acuden a Dios. Las redes sociales se llenan de imágenes, frases que animan a poner la confianza en la divinidad. Pero detrás se atisba que “no es oro todo lo que brilla”. La situación actual de dolor y sufrimiento es algo que se podía haber evitado aprendiendo de la experiencia de la primera ola del virus en la selva amazónica. Situaciones como confiar en Dios van unidas a irresponsabilidades incívicas de propagación de la enfermedad. Es cierto que no se puede poner a todos en el mismo saco. Pero esta reflexión va a aquellos que de alguna manera ven a Dios como un suplemento y su irresponsabilidad los lleva a enfermarse y a propagar la enfermedad.

Jesús ya en su tiempo prevenía de aquellos que acogían con ilusión la Palabra de Dios, pero sus debilidades hacia que se olvidarán de ella. Hoy en la selva podemos encontrar por desgracia situaciones que pareciera que el diablo está detrás de ellas. Comencemos por las Iglesias evangélicas. En la comunidad nativa de Santa Rita de Castilla ellos han sido uno de los mayores propagadores de la enfermedad. Su soberbia de creer que Dios actúa sin la ayuda del hombre y por ende creer que quien confíe en Él no enfermará ha llevado a que muchos se contagien. Esta manera de pensar los ha llevado también a incumplir las leyes establecidas por las autoridades estatales. Reuniones clandestinas, sin guardar el distanciamiento social, sin mascarilla… Irresponsabilidades que no solo ellos han pagado el precio sino aquellos que han tenido contacto con ellos.

Pero no menos doloroso es cuando la población no es consciente. Toman conciencia cuando enferma uno de ellos o un ser querido. Imágenes lamentables veíamos de las fiestas del carnaval en la ciudad de Iquitos. Mientras muchos estaban entre la vida y la muerte otros daban rienda suelta a las fiestas donde se incumplían todos los protocolos establecidos por las autoridades sanitarias.

Y vayamos al punto central del artículo ¿No se tendrá un concepto erróneo de la relación con Dios? Es bien claro que no se puede desasociar la Palabra de Dios con la vida. Dios nos llama a que su Palabra esté acorde con las acciones y gestos. Confiar en Dios exige fidelidad. ¿Se puede tener una relación con Dios de confianza y a la vez hacer lo contrario a su voluntad? Claramente no. No puedo pedir a Dios que me sane si yo no quiero ser sanado por mis acciones irresponsables. Lo que si le puedo pedir es que me ayude abrirme al arrepentimiento y a la conversión y entonces se podrá dar la sanación. Estamos en un tiempo propicio, la cuaresma. Ella nos invita a que la palabra del Hijo de Dios la acojamos en nuestro corazón. No le dejemos al diablo que se la lleve. Y la mejor manera es que nuestras acciones y gestos sean reflejo del amor de Dios.

Somos coparticipes de la obra de Dios. Es responsabilidad nuestra en estos tiempos de cuidarnos y cuidar a los demás. Cumplir las normas sanitarias es un reflejo de participación con el Creador. Pues ellas reflejan el amor por la vida. Acompañar a los enfermos y familiares nos asemeja a la misericordia del Altísimo y orar de una manera autentica y sincera nos hace entrar en comunión con la Trinidad. Que Dios nos bendiga y siga actuando en medio de su pueblo.

Fr. Luis Fernández García, O.S.A